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CRÓNICA HALF MISION SERRA FINA 2014 – 80 KM del más duro y puro ultra trail de montaña (y una revancha)

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Jorge Xavier es un nuevo conocido para mi pero un viejo conocido para el circulo de corredores, si bien en su perfil el mismo no se define como Atleta, debe ser uno de los corredores con mas experiencia internacional, en su blog tiene cronicas de mas de 30 carreras fuera del pais. Lei algunas de ellas y me parecieron muy enriquecedoras mas alla de lo estrictamente deportivo, es por ello que le pedi poder subir algunas de sus cronicas para compartirla con nuestros amigos de geodeportes. Te quedo muy agradecido por tu generoso permiso.

Aqui va la ultima de sus cronicas

El pasado fin de semana, tuve revancha en la 2da. Edición de la Half Mision Serra Fina, ultra trail de montaña de la serie La Mision, desarrollada en la coqueta Passa Quatro, pequeña ciudad de entrada al sur de Minas Gerais, equidistante entre Sao Paulo y Río de Janeiro.

En octubre de 2013, había intentado completar los 80 Km y no lo pude conseguir, ya que abandoné en el Km 50. Había viajado junto a Jorge Nin, Douglas Hernández, Martín Zanabria y Wilson Guillén –quienes llegaron a la meta-, y Paola Nande, Andrea Ayala, Elbio Carrasco y Alejandro Chabalgoity (que también abandonaron). Cometí errores en esa oportunidad –sobre los cuales ya me referí en su momento-, así que en esta instancia llevaba además de esa experiencia, el conocimiento de gran parte de las condiciones del terreno.

Passa Quatro es un rinconcito privilegiado, donde la naturaleza se ofrece en su versión más pura rodeada de sierras, donde sus 18.000 habitantes viven a un ritmo envidiable que me hizo recordar a mi querida ciudad de Artigas durante mi niñez. Hay momentos en que parece “atrapada en el tiempo”, en particular cuando se escucha el sonido de su viejo tren –la “María Fumaca”- que recorre la zona, o cuando la gran mayoría de negocios cierra sus puertas para la casi obligatoria siesta. Con sus casi 500 años de historia a cuestas, la ciudad es un testimonio vivo del pasaje de la “Estrada Real” (hoy, su calle principal con adoquines), camino que en la época colonial era utilizado por el imperio para trasladar hasta la costa, el oro extraído de las minas para su embarque hacia Portugal.

Me correspondió el No. 308 y fui uno de los 125 que largamos la distancia mayor -80 Km-, en tanto el otro uruguayo participante –Fabio Guillén- corrió la Short Mision sobre 40 Km, donde largaron 144 competidores. Con la ansiedad propia de quienes se van a enfrentar a un desafío muy difícil después de un fracaso anterior, durante la noche previa dormí poco pese a que había dejado todo pronto para la carrera. El “cajón de salida” estaba ubicado en la calle principal de Passa Quatro casi frente a la iglesia (“de aquí se sale para la misión”, dice una inscripción a la entrada; yo salí para la “media misión”), donde la mañana nos recibió con un sol radiante pese al frío reinante, propio de esta época del año en una ciudad que está ubicada a 900 msnm. Considerando las condiciones en las que se iba a correr –con un límite máximo de 26 horas-, decidí cargar con abundante abrigo en mi mochila.

Todos nos encomendamos a nuestros dioses -en mi caso, familia, hijos, amigos, y quienes ya no están-, con una mezcla de temor por el reto que vamos a enfrentar y la confianza de haber hecho lo humanamente posible por llegar en condiciones. ”Quienes van a morir, te saludan”, le decían los gladiadores al César antes de la batalla. En general me lo repito un poco en broma, pero es indudable que una sana cuota de preocupación en esas circunstancias, nos hace humanos. ¡Y vaya si somos humanos! Un poco locos, pero finalmente humanos. Es que más allá del entrenamiento consistente, parodiando a Forrest Gump quien decía que “la vida es como una caja de bombones, nunca se sabe cuál te va a tocar”, una carrera también lo es, pues está llena de circunstancias. Recordé a mi padre –fallecido hace poco más de un año- que se preguntaría qué estaba haciendo a mi edad enfrentando esos desafíos, a mi hermana Estela y a mi amiga Raquel –sobrevivientes de cáncer, grandes luchadoras de la vida- y arranqué con una sonrisa después de saludar con un beso a Adriana y prometerle que si llegaba en menos de 23 horas le avisaba por teléfono; de lo contrario llegaba después.

A las 9:00 AM se dio la largada, y junto a Fabio salimos a ritmo bien controlado por las calles de la ciudad, por donde corrimos unos 2 Km para cruzar la ruta e ingresar a caminos de tierra en general en leve subida, con rumbo al Refugio Serra Fina ubicado a 1500 msnm. “Cuando enfrentes la cima, camina”, es el lema que he adoptado en este tipo de disciplinas, ya que ello permite guardar energías para los momentos más duros -que siempre llegan-, así que ya en ese tramo fui intercalando trotes y caminatas. En el Refugio –Km 13, en aprox. 1h 45 min- estaba el primer puesto de hidratación, aunque no me detuve pues llevaba suficiente líquido. Ingresamos a la izquierda por trillos de pasto también en subida, con rumbo al Tijuco Preto, cerro con 2350 msnm, punto donde alcanzamos los 17 Km de carrera.

Ya la pendiente de subida se hacía sentir, con algunos tramos ayudados por cuerdas dadas las dificultades del terreno. Ingerí un suplemento energético “Shot 6 hours”. Se levantó un poco de niebla y el viento se hacía sentir, pero nada que impidiera el avance. Desde ese punto empezamos la bajada hacia la Reserva Ibama, punto que alcanzamos a media tarde con 30 Km de carrera, y ubicado a 1000 msnm. Avanzaba a buen ritmo, sintiéndome en general mejor de lo previsto, pues en ese punto llevaba unas 6 hs 30 min de carrera. Además de la hidratación, recibí un poco de Coca Cola de un asistente, que me renovó el alma… ¡qué bien se siente una bebida refrescante en esas condiciones! Ingerí medio sandwiche reforzado que llevaba, ya que –una vez más- me costó bastante tragar.

Después de un muy breve descanso, salí para hacer el largo recorrido por camino de tierra en subida (que el año pasado hice en sentido inverso) hacia la Fazenda Paiolinho, ubicada a unos 15 kmts de distancia, punto ubicado a 1600 msnm en el que completamos unos 45 km de carrera. Se hace interminable, al extremo que hay momentos en que uno se cuestiona si el GPS mide adecuadamente las distancias. Llegué alrededor de las 18.00 horas (llevaba 9 horas de carrera), así que mi estimación era de poder completarla en poco más de 20 horas. “Algo debe estar mal”, pensaba, y efectivamente minimizaba las dificultades que me esperaban, pese a que las había ya enfrentado en 2013. En ese punto, me abrigué bastante, comí algo más del sandwiche, repuse mi mochila de hidratación y caramañolas, descansé un poquito y emprendí la subida hacia Pedra da Mina, ya con la linterna encendida.

¡Qué duro camino! Al poco rato de empezar a subir, encontramos otro Puesto de Control donde un corredor descansaba, cosa que también hice durante unos 10 min pues me sentía cansado. Ingerí el 2do suplemento “Shot 6 hours” y me cayó mal. Seguí el camino cuando me alcanzó Mónica Barg (marplatense, con quien llegamos casi juntos en La Mision de 2014), para irme un poco adelante pero casi enseguida volver a detenerme pues me sentía muy mareado. Dormité un poco al costado del camino, volví a subir y un poco más adelante nuevamente me detuve. A los pocos minutos vomité mucho… puro líquido. Me vinieron escalofríos, dudé sobre qué hacer (¿sigo subiendo, o vuelvo al puesto anterior y abandono?). Esperé unos 5 minutos y me sentí notoriamente mejor, así que decidí seguir, para alcanzar a Mónica un poquito más adelante. Cuando le comenté sobre mis dificultades, me dijo “Ah, eras vos, te escuché en la noche”. Seguimos juntos por un buen tramo durante la noche, subiendo casi siempre a ritmo muy lento, ayudados en los tramos más técnicos por cuerdas puestas por la organización, hasta que Mónica empezó a quedarse un poquito más atrás.

“Hacé tu carrera”, siempre me recomienda Pablo Lapaz, así que seguí a mi ritmo en la madrugada. Alcancé el punto más alto de la competencia –Pedra da Mina, casi 2800 msnm, con 54 km de competencia- en plena madrugada, para seguir por los filos de las sierras en un continuo subir y bajar. Divisaba las luces de las linternas de quienes iban más adelante, así que tenía una idea bastante clara de la dificultad del recorrido que me esperaba. Cuando se me agotaron las baterías del GPS, en medio de una cierta desazón y ofuscado, decidí no volver a cambiarlas y olvidarme de la tecnología. “Voy a seguir guiándome por el recorrido marcado, estimando las distancias y ritmos, considerando mi estado físico”, me dije. ¡Cuánta irracionalidad! Pero fue lo que sentí, que debía apelar a mis condiciones sin importar las informaciones que pudiera brindarme un GPS. ¿Cómo podemos quienes nos consideramos “racionales”, descartar las ayudas tecnológicas y guiarnos por el corazón y el espíritu? Estas son quizás, algunas de las cosas por las que este tipo de disciplina me atrapa tanto. En mi caso, son preguntas sin respuestas, o al menos, las guardo como parte de mis descubrimientos, que disfruto de un modo “egoísta”. “Lindo haberlo vivido, para poderlo contar”, cantaría José Carbajal “El Sabalero”.

No podía ingerir ningún alimento, pues temía volver a sentirme mal del estómago, razón por la cual seguí solamente tomando agua que recogía de las pequeñas cascadas del camino. Un poco después de las 5:00 AM empecé a divisar los primeros rayos de sol que pugnaban por salir, lo que me permitió disfrutar de un espectáculo maravilloso, en lo más alto de la sierra con una capa de nubes abajo a mi izquierda y un panorama casi totalmente despejado hacia la derecha que permitía ver las luces de una ciudad a lo lejos. Bajamos y encontré el PC donde estaba el cordobés Jose “El Clavo de Hierro”, quien me dijo que me faltaba la subida a “Capim Amarelo”. ¡Y yo que pensaba que unos de los cerros que ya había hecho era ese! En esas condiciones, la experiencia me ha demostrado que lo que corresponde es mantener la calma y el ritmo constante, pese a que sea lento, ya que un paso tras otro permite superar cualquier obstáculo.

Alcancé el último punto elevado –Capim Amarelo, 2450 msnm con 60 Km de carrera- poco después de las 6:00 AM junto a otros dos corredores, con quienes fuimos intercalando posiciones, hasta que se fueron adelante. ¡Es que eran bastante más jóvenes que yo! La muy pronunciada bajada resultó muy peligrosa, como ya lo había sido la de Pedra da Mina, con varios tramos donde hice “culipatín”, me ayudaba con las cuerdas puestas por la organización o en ramas, en algunos casos sin ver el camino donde se pisa dada la enorme cantidad de pastizales y “capim” que todo lo cubre… ¡si llega a llover, es imposible correr en este circuito! “Solamente me faltó sentarme en una roca y ponerme a llorar”, diría Mónica. Pero no estamos hechos para dejarnos vencer por las dificultades.

Sentía un dolor bastante fuerte en varios dedos de los pies, fruto del roce en la bajada como consecuencia de la enorme pendiente. Finalmente alrededor de las 7:30 llegué al punto en el que salíamos al camino de autos que lleva a Refugio Serra Fina y de ahí a Passa Quatro. “Me faltan 14 Kmts, ya estoy dentro del tiempo”, me dije. Llegué al Refugio –Km 67- y continué camino después de saludar a los de la organización que controlaban el paso. Recién en ese tramo empecé a sentir sueño y cansancio, así que decidí no hacer locuras y mantener el ritmo lento, aunque me superaron algunos corredores en ese tramo. La bajada me complicaba bastante por el dolor que sentía en los pies, al extremo que me juré sacarme el calzado en cuanto llegara a las calles de adoquines de Passa Quatro (cosa que por suerte no hice… todavía me queda un poco de cordura). En ese tramo, me acompañó durante unos minutos, un “paisano” en bicicleta con el que fui conversando, quien me contó que nunca en su vida había subido hasta Pedra da Mina, pese a que vivió toda su vida allí.

Llegué a las calles de la ciudad, até la bandera uruguaya a uno de los bastones, me saqué el casco y emprendí un trote muy suave por los dos últimos kilómetros. Completé el recorrido en 24 hs 44 minutos (18 min 33 seg/km), con 4200 mts de desnivel acumulado positivo, en la que ha sido la carrera más dura que he corrido hasta el momento (es la No. 34 de 42 Kilómetros o más). Me esperaba Adriana -¡qué mejor recibimiento!- y el amigo Fabio Guillén, quien había completado sus 40 Km en 7hs 50 min.

Obviamente, me queda la enorme satisfacción de haber podido completar el desafío más difícil –por las razones expuestas-, y de haber ocupado una posición digna: 66 en la general entre 126 que largaron (abandonaron 51, un 40.5%), en tanto en mi categoría “Veteranos B”, ocupé la 7ª posición entre 15 que largaron (pero los otros 8 no llegaron…). Fue mi carrera No. 314, con un total de casi 5300 kmts acumulados en competencias, Fabio ocupó la posición 72 entre 144 de su distancia, y la 5ª posición en la categoría entre 14 (excelentes resultados, para el debutante).

Después de la llegada y del control del equipamiento obligatorio, esperamos la llegada de otros competidores y nos fuimos hasta la Pousada Tia Ana. En el camino, vimos llegar a Mónica, quien completaba su recorrido, lo cual me provocó un enorme alivio ya que me estaba sintiendo con un poco de culpa por no haberle hecho el aguante en lo más duro de la montaña. Hoy recibí un correo que decía: “… que lo vivido aun me pesa, que tengo moretones en los codos porque me caí un par de veces y me agarré a la montaña con los codos jaaa. En un par de días haremos planes nuevos y pondremos la mirada adelante. … yo el 4 y 5 de octubre me voy a la caminata a Luján; es desde Buenos Aires a Luján porque acompañamos a una amiga que cumple 50 a hacerla. Y después no sé, veremos. Vamos el año que viene a la diagonal de Fous?” No hay caso, no estamos bien de la cabeza.

¿Por qué extraña razón, personas con una vida “normal”, tranquila y llena de ocupaciones, son capaces de dejarlo todo durante un fin de semana para pasarse más de 24 horas “non stop” en las condiciones más duras que se puedan imaginar (y las que no, también), simplemente por la satisfacción de decir “yo lo hice”, o de probarse un nuevo límite y no encontrarlo? Esto es quizás el gran sentido de la vida, jugar muchas veces al límite para experimentar esa extraña sensación de quedar sin aliento, y volver a renacer con la misma o más fuerza. “No sé dónde está el límite, sí sé dónde no está”, diría Josef Ajram.

Algunas opiniones sobre el recorrido y la organización. La carrera es casi de “autosuficiencia”, pues lo único que la organización brinda durante el recorrido, es agua mineral en algunos puntos (en otros, hay que recogerla de arroyos), y no hay lugares donde poder comprar comida, por ejemplo. En tanto el año pasado en el Paiolinho había sopa caliente y té, en esta oportunidad no había nada. Las enormes dificultades del terreno la hacen muy peligrosa, lo cual genera muchos abandonos (hasta ahora no había visto ninguna carrera con un porcentaje tan alto), así que –en mi opinión- o se introducen algunos cambios o está condenada a restringirse a un número muy reducido de competidores de primerísimo nivel, optando los demás por correr la Half Mision en Champaquí (Córdoba), donde las condiciones son bastante más disfrutables. Sería una lástima. No quiero olvidarme del excelente chocolate caliente con el que nos esperan en la llegada, ni de la calidez personal de Togumi, el Guri y demás colaboradores.

Nos vemos, en la ruta. Por lo pronto, el 24.08 correré los 15 Km de Runfit en Salto del Penitente, la Half Marathon Montevideo el 07.09, en tanto lo más destacable que me espera en el año es la Maratón de Nueva York. No descarto correr la Short Mision en el Champaquí, pero veremos más cerca de la fecha.
Publicado por Jorge Xavier en 23:15

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